Relatos

Una pequeña historia de un pueblo llamado Colombia

A mis 11 años aproximadamente escuché de boca de mi mamá una historia que me hizo entender con dolor la causa de una violencia que veía a través de la televisión en un programa que usualmente mis padres dedicaban especial cuidado por las noches y al que llamaban noticiero. Desde mi afortunada inocencia a esa edad, no entendía el placer de ver a diario filas de muertos ensangrentados, porque desde que tengo uso de razón eso eran los “noticieros”.  Una realidad lamentable pero verídica que hoy en día creo, sin temor a equivocarme, que ha sumido en el más grande letargo a nuestra sociedad.

Retomando mi relato, uno de esos días comencé a indagar de dónde surgía la necesidad mórbida de ver esos episodios de dolor que bajo mi consciencia siempre han sido mucho más que anormales. Quiero aclarar que no se trataba de que quisiera ser indiferente, es que realmente me dolían estos episodios.

Así fue como un buen día mis papás, al ver mi desconsuelo me relataron con especial cuidado un episodio sucedido hace 71 años, 5 meses y más o menos  24 días, episodio que tuvo lugar en mi hermosa ciudad de Bogotá, y del que después le ha costado despertarse a todo un país.

Debo decir que en ese momento me costó digerir las imágenes, las voces de agonía, también las de las armas, las de los muros cayendo y en general las de la violencia. Luego me costó más trabajo entender que mi existencia luego de ese episodio se había logrado gracias a la valentía de dos pequeñas niñas llorosas aferradas  a las piernas de su padre, léase a las niñas cómo mis dos tías maternas y su padre, mi amadísimo e incansable luchador abuelo Pablo, llámese en adelante, el policía liberal rebelde, quien unos años atrás había llegado de un pueblito boyacense llamado Firavitoba huyendo de una violencia bipartidista que no le pertenecía y que le había quitado el derecho al trabajo de las tierras para su sustento. Derecho que habría sido vulnerado por su propio padre, cedido al clérigo del momento y pagado por tal con el nombre de “Familia Salamanca”, inscrito en una de las columnas de tan digno templo godo.

El niño Pablo llegó a Bogotá liberal (rojo), no por convicción, sino por defecto, obedeciendo a sus emociones de rebeldía en contra de su conservador (azul) padre. Se dedicó a ganarse la vida como pudo, sin tener una necesidad mayor a la que sin derecho le quitó la política de entonces, misma que hoy en día nos sigue arrebatando la paz sin darnos cuenta, pero con otros nombres. Conoció a mi bisabuela Sara, su suegra, y a su hija menor, mi abuela, también Sara, de quien quedó prendado de inmediato y con la que se casó sin duda tiempo después. Mi bisabuela era una mujer de las que llaman fuera de molde, que tenía una lechería en el barrio Belén (histórico  y hoy poco conocido barrio bogotano) que dejaba buenos dividendos y que le había costado trabajo mantener, no sólo por el esfuerzo físico que este trabajo requiere sino por las creencias machistas propias de la historia colombiana, que además le daban el poder a mi bisabuelo y a sus mayores hijos varones de usufructuar el trabajo incansable de aquella pujante mujer. Virtud que el policía liberal rebelde reconoció de inmediato y que admiraba día y noche, hasta cuando pudo, hasta el día en que “la vieja Sara” como él mismo la llamaba, decidió irse a cumplir el sueño americano acompañada por sus dos hijas solteras y una valija, en busca de una vida digna libre de las discriminaciones marcadas por las costumbres religiosas y políticas de turno. Al partir no tuvo más que decir sino  – Me voy de aquí para nunca más volver, y no miraré hacia atrás, porque si lo hago me convierto en una estatua de sal.

Y nunca más volvió.

Mi abuelo Pablo, quien ya se había enrolado como policía, decidió honrar su memoria comprando los derechos de la que había sido la casa de su suegra, a sus hijos y filipichín esposo. Encontró en este acto la reivindicación de los derechos de dos mujeres que admiraba con locura, su suegra y su esposa, ambas llamadas Sara.

Y allí fue donde decidió edificar su hogar, siendo bendecido por el nacimiento de sus dos hijas mayores, quienes un 9 de abril de 1948, vieron como su uniformado padre golpeaba desesperádamente la puerta de su casa porque habían matado a un doctor Gaitán, tan rojo como él, y a quienes estaban buscando para exterminar, según el decir de las calles. Mi abuela Sara lo entró rápidamente, pero casi al tiempo tumbaban la puerta unos azules acompañados de un clérigo pidiendo que los acompañara. La angustia de mi abuelo la entendieron sus amadas hijas quienes se abrazaron a sus piernas y no permitieron su salida. Aquel dignísimo representante de la iglesia solamente atinó a decir al salir – Agradézcale a la voluntad de sus hijas porque le acaban de salvar la vida.

En esa frase entendí la fuerza de la voluntad de las acciones y desde ese momento he decidido no callar. A la memoria de mi policía liberal rebelde, a la pujante mujer que no quiso volverse estatua de sal y a la de toda su descendencia.

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